Durante el transcurso de la vida tenemos esa mala costumbre de vivir muy a prisa, con el transcurrir de los años y de la “modernidad” hemos aprendido a ahorrar tiempo, a no perderlo en cosas que no lo merezcan, ahora damos prioridad a cosas que son “realmente importantes”; existe la comida rápida, pañales desechables, café instantáneo e incluso divorcio exprés; en fin la lista podría ser muy larga, el punto es que optimizamos tiempo para poder hacer más cosas en nuestra vida como tener hijos después de los treinta para que podamos tener una vida profesional y económica solvente. La vida se ha vuelto exprés, y no lo digo como algo trágico; simplemente que últimos eventos me han obligado y reitero, obligado a detenerme para valorar, analizar y replantearme grandes aspectos de mí vida.
Básicamente me he dado cuenta que la mayoría de la gente vivimos tan a prisa nuestra vida que dejamos de disfrutarla, dejamos de vivir esos pequeños momentos y nos inundamos de banalidades, dejando de lado las cosas realmente importantes. Estamos ya tan acostumbrados a tener determinadas cosas o personas en nuestra vida que damos por sentado que siempre estarán ahí, para cuando “tengamos tiempo”. Hecho curioso son nuestros familiares, cuando por ejemplo decidimos tener hijos estamos muy ocupados trabajando para darles una educación y todo aquello que nosotros no tuvimos, cuando son adolescentes estamos procurando un futuro para la universidad y así cuando logramos una jubilación resulta que nuestros hijos son adultos y no necesitan ya de nosotros. Este es solo un ejemplo, ya que por decirlo de otra forma, hoy que me encuentro detenida por una fractura de peroné, reconozco que he estado demasiado acostumbrada a tener funcionales las partes de mi cuerpo y es hasta hoy cuando no puedo contar con una de ellas que entiendo la importancia y la magnitud de ella. Ya que deje de fijarme en lo maravilloso de un amanecer, de una luna llena, de una platica agradable con la familia, o simplemente de una caminata…sin prisa.
Observando alrededor me doy cuenta que la mayoría de las personas vivimos así a prisa, queriendo tener más sin darse cuenta que el precio que estamos pagando cada vez es más alto. No voy en contra de la modernidad, la tecnología, ni mucho menos el empleo; simplemente considero que es importante no esperar a que la vida nos presente circunstancias que nos obliguen a detenernos; por el contrario empecemos a equilibrar nuestra vida entre lo que es realmente importante y lo conveniente para nuestra comodidad y superación. Podemos ser personas con una vida profesional, con una buena posición económica, con una estabilidad emocional y sobre todo con la valoración adecuada de lo que poseemos y lo que no; yo creo que sí siempre y cuando logremos una adecuada priorización; es decir, dar el valor a cada persona, cosa, emoción, evento, etc… ni más, ni menos.
No es perder tiempo, por el contrario es ser eficientes y eficaces, haciendo lo que necesitamos, lo que nos gusta y a su vez lo que nos conviene. He descubierto durante este tiempo que algo tan pequeño como una botella en la calle puede marcar en nuestra vida una gran diferencia; ¿fácil? No para nada, por el contrario es replantearse, ideas, metas, objetivos y sobre todo hábitos, pero solo puedo decir que vale la pena al menos haberme tomado el tiempo para esta reflexión, ya que quién sabe, quizás mañana nunca llegue y no pueda decirte que te quiero o no me haya atrevido a hacer algo increíblemente loco.
No dejes que la vida te obligue a detenerte, tienes este instante para iniciar…después de todo no sabemos si habrá mañana. Para concluir te dejo esta frase que a mí me ha dado mucho en lo personal:
“El pasado es historia, el futuro un misterio pero el hoy es un regalo, por eso se llama PRESENTE”

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